TRAGEDIA EN EL GARRAHAN
Tomás Gigante
Y
si lo que te pasa, lo que te ocurre, lo que
te
sucede, todo, no fuera más que
un
terrible accidente del alma.
Guillermo Saccomanno:
Terrible
accidente del alma
El día de su cumpleaños número diez cayó en cama con fiebre.
Después vino la tos. La sangre en los labios. Las consultas en la salita del
pueblo. Las noches de desvelo. El viaje al hospital de la ciudad. Y la vuelta,
con la noticia a cuestas. Aún hoy recuerdo su sonrisa. No era la de antes, pero
parecía desentenderse de la situación: teníamos que viajar a Buenos Aires. Al
Garrahan.
Dos días después ya estaba organizada la rifa. Cinco
lechones que había donado el Polaco, un televisor enorme cortesía de Don
Carmelo y vasijas y cacharros de cocina de la casa de artesanías de la Pocha.
El evento fue un fiestón, terminaron todos curdas y cantando a grito pelado en
el fogón que se había armado a un costado de las mesas improvisadas en el
terreno baldío de los Domínguez. Al despuntar el sol contamos los billetes. Nos
alcanzaba para todo: el viaje, algo para la comida y la estadía en un hotel
familiar de Constitución que nos había recomendado el Tata, que siempre anda de
acá para allá con el camión, pero no nos podía llevar porque la empresa se lo
prohíbe.
Esa misma noche decidimos con Carmen. Alguien tenía que
atender el almacén. Los trabajos de carpintería se podían postergar. Como venía
repartida la cosa, Carmen se quedaba y yo acompañaba a Lila a Buenos Aires.
Antes de irnos a dormir pasamos por la pieza y nos asomamos a la puerta
entornada. Su pecho se inflaba con un silbido agudo y se desinflaba con un
ronquido rasposo. Tosió y se acomodó de costado, destapándose los pies. Entré y
le acomodé la sábana. Carmen me miraba desde la puerta y cuando salí la dejó
entreabierta.
Esa noche soñé con fuego. Un fuego que brotaba de las
personas de batas blancas que corrían, junto a mí, por pasillos de paredes
blancas, laberintos de pasillos en los que el eco traía la voz de Lila que
gritaba papá, papá, dónde estás papá, y de cada pasillo el llamado venía
más cerca o más lejos y yo tratando de seguir la voz para poder encontrarla
cuando un hombre de traje con cara de cerdo y el pecho en llamas me toma del
cuello y me mira con ojos que también eran fuego y me dice que no, que no, que no,
no, no. Con el primer mate el sueño se disolvió en los preparativos del
viaje.
A las ocho y media de la noche salimos de la terminal,
aunque el pasaje anunciaba la salida una hora antes. El colectivo, salvo por
nuestros asientos, estaba lleno y el tufo no dejaba respirar. Tuvimos que
despertar a uno que se había despatarrado bloqueando el pasillo. Con un gruñido
se acomodó y pudimos sentarnos en los asientos diecisiete y dieciocho. Lila se
acomodó de costado y se quedó dormida antes de que el colectivo arrancara.
Entre cabezazos conté dos o tres paradas en pueblos que no pude distinguir
hasta que la tos de Lila y el frío me despabilaron. El tufo se había ido y gran
parte del colectivo estaba vacío. Tapé a Lila con una campera que tenía en la
mochila y seguí el aire helado hasta la puerta abierta.
En la banquina, algunos pasajeros acurrucados alrededor de
un cartel, otros cubiertos con mantas deambulaban, una chica a lo lejos fumaba
con la vista perdida en la ruta y un hombre canoso y con varias camperas
refunfuñaba apoyado en el alambrado, con una pipa en los labios que le
iluminaba la cara. Le pregunté a una pareja que tomaba mate apoyada en la rueda
si sabían dónde estaba el chofer y me señalaron la parte de atrás del
colectivo. El humo salía del motor y el chofer se perdía detrás del capó, el
acompañante caminaba de acá para allá y hablaba en voz baja al suelo. Me vio y
me preguntó qué necesitaba. Le pregunté qué pasaba y se despachó con un nové
y un gesto con la mano. Le pedí disculpas y le pregunté si sabían cuánto tiempo
podíamos estar parados. El chofer sacó la cabeza del motor y apuntó al cielo. Diodirá.
Habrá dicho rápido, porque cuando entré de nuevo al
colectivo acomodé la campera de Lila que se había caído al suelo y, mientras
buscaba otro abrigo para mí en la mochila, entró el chofer y arrancó el
colectivo. La gente se acomodó rápido y salimos. Cuando un auto que venía de
frente con las luces altas pasó por al lado nuestro pude ver la sangre de Lila
en el vidrio. Le corrí los pelos de la cara y de los labios corría un hilo rojo
que limpié con el pañuelo, con el que también limpié la ventana, antes de acomodarme
en el asiento y dormirme.
Desperté en Retiro con el señor, ¡señor! del chofer
sacudiéndome el hombro. El colectivo estaba vacío. Desperté a Lila, agarramos
las mochilas y salimos. Tenía la dirección del hotel en la billetera y, al
sacarla, un hombre se me acercó y me agarró del brazo para preguntarme adónde
iba y si necesitaba un taxi y que no tomés uno de los de la calle porque son
ilegales y que te hago precio si… Le agradecí y le dije que me tomaba el
colectivo y le mostré el papel con la dirección y la línea que me llevaba. Asintió
y largó un esetejabien, antes de lanzarse contra otro pasajero que se
movía con dos valijas con rueditas y tres bolsos colgados de los hombros.
En el colectivo Lila parecía más despierta. Miraba por la
ventana y levantaba la cabeza con los edificios vidriados. Se sobresaltó cuando
una moto pasó entre un taxi y el colectivo y rozó el espejo del taxi. Por dos
cuadras el taxista lo siguió de cerca, acelerando y tocándole bocina hasta que
dobló en la esquina y Lila perdió la vista en un mapa en la calle. ¿Dónde
estamos? No sé, hija. La señora que nos prestó su tarjeta para que
pudiéramos viajar le dijo que faltaba poco. Lila volvió a mirar la ciudad.
Pegada al vidrio seguía con la mirada a la gente, los locales, las casas de
pasillos largos y oscuros. La señora nos avisó que era la próxima y nos
paramos. De acá camina una por esta y medialaderecha.
“Hotel Candida”. El cartel con la tilde borroneada ocupaba
la mitad del vidrio que daba a la calle y por detrás se veía una sala oscura y
un escritorio con llaves detrás. Entramos. El olor a humedad impregnaba el
ambiente. Un chico pálido y de jopo rubio apareció por debajo del escritorio de
recepción y nos sonrió. Nos preguntó de dónde veníamos, nuestros nombres y un
par de cosas más y nos dio las llaves. Así que vienen de lejos. Subimos
por una escalera angosta y nos dejó frente a la puerta setenta y tres. Cualquier
cosa, numeral cero numeral, mi nombre es Mirio. Buenas noches. Digo, buenos
días.
Una mancha de humedad se extendía desde la esquina del
techo, derramándose por la pared hasta la altura de la cama en la que Lila
giraba para un lado, para otro, suspiraba y volvía a girar. Desde la cama podía
verla, por la ventana que daba al patio interno y dejaba la habitación en una
penumbra gris, y el techo, alto, parecía un agujero negro. Negro. Y nada más
que negro.
Lila no está en la cama y me levanto de golpe, corro las
sábanas, las cortinas y miro por la ventana, debajo de la cama, en el baño, en
la ducha, de vuelta en la pieza y giro, miro otra vez debajo de la cama y una
cámara me apunta, el lente se acerca a mis ojos reflejados en el lente que se
me viene a la cara y me saco de encima la cámara de un manotazo y me golpeo en
la cara.
Transpirado, miré la cama de Lila. Vacía. Corrí escaleras
abajo y la encontré mirando por la ventana a dos personas en la calle que
sacaban cosas del tacho de basura y las cargaban en un carrito. En la esquina
de la sala, la luz de un televisor encendido en silencio.
EL TRASLADO FUE UN
EXÍTO:
HABLA LA MADRE DE UN PACIENTE |23:59|
¿Descansó? Mirio me palméo la espalda y con la
otra mano me ofreció un plato con pizza. Un amor la chiquita. Pobrecita.
¿Qué tendrá? Pero se la ve bien, le digo. Coma, don, coma un pedazo que no
comió en todo el día, dele che. Y me sentó en el sillón de la sala, y apoyó
el plato de pizza en mis piernas. Lila me vio y se sentó a mi lado. Le ofrecí
un pedazo de pizza y sonrió. Ya me dio Mirio. Esperó que terminara de
comer y me pidió subir a la pieza. Apenas entró se echó en la cama. Toda la
noche Lila tosió. Se tapaba y destapaba, giraba de un lado a otro. Me concentré
en el techo negro sin poder cerrar los ojos.
Lila hundía la medialuna en el café y sonreía. Podemos ir
al Colón. O a La Boca. Le dije que no quedaban para el mismo lado del
hospital y no dijo más nada. Mirio me trajo la factura por el desayuno y por la
comida del día anterior. Pagué todo, pero decidí comprar comida afuera de ahí
en más. Lila esperaba al lado de la puerta y salimos.
Caminamos tres cuadras hasta la avenida y doblamos a la
izquierda. Fila de autos tocando bocina. Un hombre sacó la mitad del cuerpo por
la ventanilla. ¡Hijos de puta, hay que meterlos a todos presos! ¡Vayan a
laburar! Tomé a Lila de la mano y avanzamos por la avenida, esquivando a la
gente que parecía no verla. Un tipo se la llevó puesta con un portafolio y ni
se dio vuelta a mirar. El golpe le abrió un pequeño corte en la frente y tuve
que sacar el pañuelo del bolsillo para que dejara de sangrar.
¿Papá, qué es eso? Lila señaló un grupo de gente a lo
lejos. Me puse en puntas de pie para ver. La marea de personas se extendía por
la avenida. Banderas y carteles. Los bombos y los cantos nos llegaban apagados
por las bocinas y las puteadas. Un grupo más chico, de unas treinta personas,
pasó alrededor nuestro y nos arrastró avenida abajo. ¡Hay que cambiar la
historia, dejarsedejodé, patrones a la mierda, obreros al poder! Lila me tironeó
de la mano. ¿Qué son los patrones? Un tipo al lado respondió. ¡Patrón
es el que te roba, nena, patrón es el que te usa para hacerse rico! Dale, cantá
con nosotros. Y agitó la mano y Lila lo imitó. El tipo cazó de la cintura a
Lila y se la cargó a los hombros. Agarré al tipo del brazo. ¿Qué hacés?
Otro tipo me enchufó un cartel en la mano y me palmeó. ¡Dale, loco, no seas
careta! ¡Vamooo! ¿Cómo dice? ¡Hay que cambiar la historia, dejarsedejodé!
¿Qué es lo que pasa? Grité para que Ernesto, con Lila a los
hombros, me escuchara. Señaló a lo lejos. ¿No se enteró de nada? Tamadre,
viejo, nadie se entera. Nadie se quiere enterar. ¿Vos tampoco sabés nada, nena?
Miró para arriba. ¿Es por lo del hospital? Ernesto largó una carcajada. ¡Que
los jóvenes son la esperanza, che, ¿no te digo? Caza a otro del brazo y lo
trae. Cuchá, Patón, la piba sabe, ¿ves? ¿Qué más sabés, nena? El Patón
la bajó de los hombros de Ernesto, la tomé de la mano y caminamos avenida
abajo. En la tele decían que habían trasladado a toda la gente porque había
que arreglar el hospital. Lila me miró y sonrió. Lo vi ayer cuando
estabas durmiendo. Ernesto y el Patón se miraron, se codearon y me
palmearon la espalda. ¡Tiene buena madera la piba, felicitaciones! ¿Cómo te
llamás, nena? Lila. ¡Lila! Bueno, Lila, ahora te vamos a contar la otra parte
de la historia. Pero es larga, lleguemos hasta el parque y ahí Ernesto te va a
contar todo. Aparte allá tenemos galletitas. Lila me miró con los ojos muy
abiertos, como pidiendo permiso. Asentí.
Pero no, hombre. Es como le digo. Están
todos hacinados en un galpón de mala muerte. No les importa nada. Sólo hacer
campaña. Y cuando los médicos no los dejaron entrar al hospital, los tipos se
cabrearon, cesantearon a todos los médicos y cerraron el hospital diciendo que
estaba en emergencia edilicia y nosequemierdamá. Trasladaron a todos los
pacientes, una locura. Ellos dicen que los llevaron a uno de estos mega centros
de salud, pero es todo una pantalla, ¡no dejan entrar ni a los familiares! Ernesto gritaba para hacerse escuchar
sobre los bombos, platillos y redoblantes, mientras revolvía la olla enorme y
el Patón servía en los platos metálicos que la gente iba agarrando en fila. El
parque frente al hospital era una marea de personas que iban y venían, médicos
que gritaban apellidos, carpas improvisadas con lonas y trapos de todos los
colores.
¿Y qué es lo que le pasa a la nena? Le conté que nadie nos había podido
decir y que nos habían mandado al Garrahan. Ernesto negó con la cabeza y le
chifló a un pibito que pasaba con un montón de banderas y palos en la mano. Le
habló al oído y el chico asintió y siguió su camino. No se preocupe que la
doctora la vatender. El Patón nos acercó un plato de puchero a cada uno y
comimos. Lila masticaba y miraba más allá de la gente que iba y venía, de las
carpas improvisadas, del puente que conectaba el parque con el hospital, de las
vallas, ella miraba a los gendarmes inmóviles detrás de la valla, con cascos
negros y sus armas desenfundadas.
Ya caía la noche cuando una mujer con delantal blanco y una
planilla en la mano nos llamó. Lila se había acostado sobre mis piernas y
tiritaba a pesar del calor. La ayudé a levantarse y esquivamos a la gente que
esperaba sentada o acostada en el pasto. La mujer nos guió hasta una pequeña
carpa y nos indicó con la mano que entráramos. Una mujer algo más alta y
robusta, también de delantal blanco, hablaba por teléfono a los gritos algo
sobre un tal Martínez y cuando nos vio se despidió rápido y cortó. Se acercó,
nos saludó y nos indicó que nos sentáramos. Lila temblaba en la silla. ¿Qué
es lo que anda pasando? Arranqué a explicar que no nos habían podido decir.
Austé no. A ella. ¿Cómo te llamás? Lila. Lila. Yo soy Lina. ¿Qué pasa Lila?
Me duele. Acá. Y acá. Y tengo frío. A
la noche siempre tengo tos. Y a veces me sale sangre. De día me siento mejor.
¿Algo más? Pesadillas. ¿Pesadillas? Sí. Nunca había tenido. Y ahora tengo todas
las noches. ¿Siempre la misma? No. Distintas. ¿Y qué pasa? A veces me muero.
¿Cómo? Anoche me ahogué. La noche anterior me caí de una montaña al vacío y
nunca terminaba de caer. Entonces no sabías si te morías. No. Pero… ¿Y si en
algún momento podías volar? ¿No intentaste? No. Me desperté antes. ¿Te dio
miedo? Sí. ¿Y vas a probar la próxima? Sí. ¿Pero con el agua cómo hago? Podés
tratar de respirar abajo del agua, como los peces. Sólo necesitás branquias.
Lila le preguntó qué eran las branquias y Lina la invitó a
acostarse en una camilla improvisada con una puerta sobre unos tablones y unas
frazadas de colchón. Lina le explicó lo que eran las branquias mientras le
revisaba la garganta, los ojos, las orejas, el pecho, los reflejos en las manos
y piernas, el ruido de la panza al golpearla. La giró y midió con un hilo que
sacó del bolsillo, golpeó acá y allá, acercó su oreja a la espalda y contó con
los ojos cerrados. Palmeó a Lila y le dijo que ya estaba.
Escribió en una hoja y me la entregó. No tenemos los
aparatos en el parque como para hacer estos estudios, usté comprenderá. Puede
ir a algún otro hospital público, pero tardaría mucho. Si puede, le recomiendo
que vaya a alguno de los centros de diagnóstico semipúblicos y me los traiga lo
antes posible. Un hombre de delantal blanco entró a la carpa y le hizo
señas a Lina. Se disculpó, le agradecí. Se acercó a Lila, le susurró algo al
oído y se fue detrás del hombre. ¿Qué te dijo? Lila sonrió y pidió
volver al hotel.
¿Y cómo les fue? Le conté a Mirio lo que estaba pasando
en el parque y lo que nos habían dicho y se rascó la cabeza. ¿Denserio? Pero
cómo si en la tele… Pasa que yo nunca salgo de acá, ¿vio? Es el mal de trabajar
en una cueva. Rió y me palmeó. Bueno, cualquier cosa que necesite… Ya
sabe. Y subimos con Lila por la escalera hasta la habitación. Apenas
entramos Lila se echó en la cama. Me quedé mirándola. Parado, al lado de la
puerta, con el picaporte en la mano. No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que
abrí la puerta, bajé, y le pedí a Mirio algo para tomar. Abrió un mueblecito al
lado del escritorio y sacó una botella de whisky añejo. Lo abrió, lo olió y
suspiró. Agarró dos vasos, sirvió y los llevó hasta la mesa ratona. Se sentó en
uno de los sillones y me señaló el otro. Dele, don, tuvo un día muy duro.
Cortesía de la casa.
Pasadas las ocho de la mañana me despertó un olor a carne
quemada. Miré alrededor y Lila no estaba. Por la ventana entraba un humo gris y
espeso. Salté de la cama y salí al pasillo. Lila sostenía como podía a una
anciana que bajaba por las escaleras tosiendo. Había querido cocinar un
churrasco en la pieza con un anafe que le había regalado su sobrino y se había
quedado dormida. Lila la encontró en el pasillo cuando la vieja salió expulsada
por el humo. Todo esto nos lo contó mientras Mirio le tomaba la presión en el
hall esperando a los médicos que nunca vendrían. Una vez que se calmó todo y la
vieja se fue a visitar a una amiga, salimos con Lila al centro de diagnóstico
más cercano.
En el viaje Lila se reía sola. Miraba a la gente en la
calle. Hablaba para sí misma. Y largaba una carcajada. Así llegamos. Desde la
puerta del centro de diagnóstico semipúblico Ingeniero Armíndez se extendía una
cola que daba vuelta a la manzana y volvía a empezar en la puerta, a un costado
de la primera fila y terminaba casi en la esquina. Gente con reposeras, mantas,
sombrillas, varios vendedores de bebidas, comida y chucherías.
Tiene que ir a sacar el turno allá. Y
después vapalafila. Un tipo
recostado contra la pared, a un par de personas de entrar, nos señaló una
maquinita. Toque el botón azul y le da el número. Le agradecí y saqué el
número 345.392. Parece que vamos a estar un rato. Lila asintió, con una
sonrisa, y señaló al tipo. No tiene nada. ¿Cómo sabés? Me lo dijo Lina. ¿Lina?
Lila negó con la cabeza. Bueno, ella ella no.
Estuvimos todo el día avanzando de a pasos en la fila. La
familia que teníamos adelante nos compartió un pedazo de su lona y nos tiramos
en el piso. ¿Qué querías decir con lo de Lina? Nada, fue un sueño. ¿Un
sueño? Sí, ya ni me acuerdo. Y cerró los ojos. Caía la noche y la vi
temblar. ¿Tenés frío? Sí. No sé. Extraño a mamá. Cuando volvamos la vas a
ver. Sí, pero, ¿cómo? Cuándo, querrás decir. Se acurrucó y no dijo más
nada. Le pedí una manta a la familia y la tapé y se quedó dormida, y cada tanto
avanzábamos y la levantaba unos metros y la volvía a apoyar y ella no se
despertaba.
Un hombre de cara
pálida con un cartel que decía “Esteban” nos llamó por el número cerca de la
madrugada. Le presenté los papeles y los pasó por una computadora. Me extendió
el recibo. Miré el valor y le pregunté si no habría una confusión. Negó con la
cabeza y miró hacia la fila con impaciencia. Conté lo que tenía encima que era
todo, porque no confiaba tanto en el hotel. Apenas me sobraban algunos
billetes. Metí todo por la ventanilla junto con el recibo y Esteban lo selló y
me señaló un pasillo. Décimotercera puerta a la izquierda. Y me devolvió
el recibo.
Entramos por la puerta trece y del otro lado esperaba un
hombre alto de bigotes y bata verde que supuse sería el médico. Me indicó la
silla y tomó a Lila del brazo. La llevó a un cuadrado en la esquina que, cuando
Lila lo pisó, se encendió, junto con otras luces en la pared. El médico fue
hasta un escritorio con una pantalla y la tocó. Unos brazos mecánicos salieron
de la pared y sostuvieron a Lila de los brazos y las piernas. Quise levantarme
de la silla y no pude. La mirada del médico me paralizó.
Una aguja salió de uno de los brazos mecánicos y pinchó el
brazo de Lila que pegó un grito. Me levanté y el hombre me ordenó que me
sentara. ¿Pero qué le hace? ¿No hay otra…? Se abrió una puerta, un
guardia de seguridad me tomó del brazo y me lo torció. No pude moverme mientras
a Lila le inyectaban otra aguja con un líquido verde, y después otra azul y una
especie de ojo mecánico revisaba acá y allá, echando luz sobre los ojos
llorosos de Lila, las orejas, la boca, metiéndose en su ropa y bajando por su
panza hasta meterse por debajo de su bombacha. Grité que parara y el médico
siguió tocando la pantalla. El guardia me apretó más fuerte el brazo y sentí su
respiración en la nuca. Ya está por terminar.
El médico sacó los ojos de la pantalla y agarró un papel que
salió de su escritorio. Levantó la vista y se acercó. Lila no me soltaba la
mano y escondía la cara en mi pantalón. El guardia de seguridad esperaba al
lado de la puerta. No tiene nada. Su hija está saludable. Le recomiendo
algunos complementos vitamínicos que puede comprar en nuestra farmacia
presentando estos análisis. Puede retirarse. Intenté explicarle. Pero a
la noche ella… El médico miró al guardia que dio un paso hacia mí. Di la
vuelta, el guardia me abrió la puerta y salimos.
¿Y no fue al parque? El guardia miró para ambos lados y
bajó la cabeza. Le respondí que me habían mandado de allá y asintió. Llévele
los análisis. Estos de acá no son médicos. Son operarios de diagnóstico nomás,
no tienen idea. ¿Cómo te llamás? Lila que espiaba entre mis piernas se
asomó. Lila. Lila. Como mi mamá. Y sonrió, se acomodó la gorra y se fue
por el pasillo. Quetengaunbuendía.
Cuando llegamos al hotel le expliqué a Mirio por qué no
habíamos ido a dormir esa noche y que no podíamos seguir hospedándonos porque
ya no tenía cómo pagarle. Mirio se acercó a Lila. ¿Lo vas a cuidar? Lila
sonrió y asintió. ¿Y adónde van a ir? Ya veremos. Por lo pronto al parque
para llevar estos análisis y después… Le di la plata a Mirio de la noche
anterior. No, don, por favor. Usted no la usó. Usted no la paga. Y me
guiñó un ojo. Cortesía de la casa. Fue hasta el escritorio y anotó algo
en un papel. Acá tiene mi número. Cualquier cosa me llama. Uno no puede
andar merodeando de noche en estas calles…
Ya muchas cuadras antes del parque la gente llenaba las
calles en una lenta procesión. Lila no me soltaba la mano y miraba a las
personas y esquivaba a los que no la veían. Cada vez era más difícil avanzar,
pero Lila encontraba un hueco, una columna de gente que se separaba y se colaba
y avanzábamos. Así llegamos al parque.
Columnas de médicos se abrían en distintas direcciones y la
gente avanzaba detrás de ellos. Lila señaló a lo lejos y pude ver una carpa
enorme. Me llevó de la mano esquivando a la gente que avanzaba en dirección
contraria. Apenas podía seguirla y, al chocar con una persona, sentí su mano
soltarse. Busqué con la mirada sin poder encontrarla. Avancé entre la gente que
me arrastraba hacia atrás y tropecé.
Caí al suelo y me pisaron las piernas, los brazos. Me
acurruqué y sentí una mano en la cintura que me puso de pie de un tirón ¡Vamoche!
Y me empujó para que avanzara con la marea de gente. Miré alrededor y vi la
carpa a nuestras espaldas. ¡Pallá no! ¡Pallá! Lo hice a un lado y caminé
entre la gente, sacándome de encima a los empujones a los que venían de frente
y me puteaban y seguían. Cerca de la carpa vi a Lila meterse por una de las
puertas.
Entré a la carpa. Médicos por todos lados, agrupados,
discutían, algunos salían de la carpa apurados. En una esquina vi a Lila
hablando con Lina agachada a su lado. Me acerqué. ¿Y qué más? No sé.
Lila me vio y sonrió. Lina la tomó de la mano. ¡Venga! Y fuimos hasta un
rincón de la carpa en el que había varias camillas improvisadas. ¿Tiene los
análisis? Se los entregué y los miró rápido. ¿Le inyectaron algo? Sí,
varias agujas… ¡Mierdas! Lina levantó a Lila y la dejó en una de las
camillas. Le pidió que se acostara. Sacó una linterna del bolsillo y alumbró
los ojos de Lila que se pusieron completamente negros. ¡Martínez!
Un tipo se acercó y Lina le dijo algo sobre las inyecciones
y que no sabía que en los centros y que los ojos y Lila empezó a temblar. Lina
la tomó de la mano y le dijo a Martínez que vaya a buscar nosequé. Lila se
agitaba cada vez más fuerte y Lina la sostenía con ambas manos a la camilla y
le decía que se calmara, que no pasaba nada, que se le iba a pasar rápido.
Martínez vino con un vaso de plástico y se lo entregó a Lina, quien se lo dio
de tomar a Lila, mientras Martínez sostenía la cabeza de Lila que se movía en
espasmos, con los ojos en negro, hasta que los cerró y se quedó quieta.
Lina midió con un hilo acá y allá en el cuerpo inmóvil de
Lila, excepto por su pecho que se inflaba con un silbido agudo y se desinflaba
con un ronquido rasposo. Tosió. Tosió y me pareció ver un humo gris que salió
de su boca. Su pecho se infló de nuevo, agudo, hinchado y tosió. Esta vez el
humo era negro y por un momento envolvió la cara de Lila y después subió, sin
disiparse, hasta el techo de la carpa. Lina dijo unas palabras murmurando y
presionó con los dedos en su sien, en el cuello, en el pecho, en la panza, en
los pies, en las manos y repitió los movimientos una, dos, tres veces y Lila
abrió los ojos.
En ese momento se sintió un estallido y la carpa tembló.
Lila se incorporó en la camilla y miró para todos lados y Lina le gritó algo a
Martínez y otro estallido hizo ladear una de las columnas centrales y la carpa
entera se vino abajo y algo me golpeó en la cabeza.
Negro. El hospital en llamas. Negro. Estruendos. Negro.
Humo. Humo negro y fuego. Papá. Papá. La voz de Lila y columnas de fuego
como árboles encendidos. Negro. Gritos. Papá. Tiros. Fuego. Negro.
Barro. El hospital rodeado por un río de fuego y Lila grita desde una ventana papá
papá papá e intento cruzar el río de fuego y me arde y no puedo avanzar y
el olor a carne chamuscada y Lila que se tira de la ventana y sale volando y
negro. Negro. Fuego. Negro. Lila en llamas. Negro.
¡Son infiltrados de la cana! Armaron
todo para justificar el desalojo estos hijos de yuta. Pero meterla a la piba.
Son la peor basura que hay. No entiendo cómo… Los infiltrados la chuparon. ¿Y
qué hacemos? No podemos dejar que sigan con este circo. Tenemos que tomar el
hospital. ¿Qué? ¿Cómo? Martínez ya está juntando a todos, los heridos se quedan
acá. Pero… ¡Está llegando gente de todos lados, Ernesto! No nos van a poder
pasar por arriba esta vez.
Las voces de Lina y Ernesto retumbaban en mi cabeza. Abrí
los ojos y vi paredes y techos de tierra, personas que gemían alrededor mío y
gritaban o dormían y médicos que entraban y salían por varios huecos en la
tierra. En un rincón Lina y Ernesto miraban una pantalla agazapados. Afuera, o
arriba, se escuchaban gritos, corridas, estruendos. Por un hueco en la pared
apareció un hombre cubierto de barro con un teléfono en la mano y se lo dio a
Lina que salió por el agujero a los gritos. Ernesto se dio vuelta y me vio. Se
acercó y me dijo que no me levantara. ¿Dónde está Lila? Ernesto me
mostró la pantalla.
TRAGEDIA EN EL GARRAHAN:
SECUESTRAN A LA PRESIDENTE Y EL
GOBERNADOR |20:21|
Y la imagen de una sala del hospital en la que estaban dos
tipos armados y con la cara semitapada diciendo frente a cámara que tenían a
todos de rehenes y alrededor mostraban a la presidenta, al gobernador, algunos
médicos, camarógrafos, guardias de seguridad atados y después se acercaban a un
rincón y la cámara enfocaba a Lila que sacaba la cabeza entre las piernas,
acurrucada, y la cámara la mostraba cada vez más cerca de sus ojos negros y
ella volvía a esconder la cara entre las piernas y entonces mostraban a la
presidenta y gritaban que si no pasaban el hospital a manos de los trabajadores
la iban a matar y la grabación volvía a empezar.
No sé. No sé cómo llegó hasta ahí. No
sé cómo la secuestraron, porque cuando se cayó la carpa la perdimos de vista y
después fue todo un caos y… Los infiltrados. Pero no se preocupe, porque la
vamos a sacar. La vamos a traer. Lina ya está… Tenemos videos de cuando… ¿Está
bien? Me agarró la cara y
me miró a los ojos. Me dolía el pecho y los brazos y la cabeza me daba vueltas.
¿Qué pasó?
Ernesto empezó a explicarme que cuando la presidenta Valdi y
el gobernador Alterra estaban por ingresar al hospital para inaugurar las obras
de remodelación, la cana había avanzado sobre el parque y habían generado un
caos total y disparaban a mansalva y se llevaron gente y que recién cuando vio
el video se enteró que tenían a Lila y que seguro la habían agarrado al boleo y
la estaban usando de carnada y que los supuestos secuestradores eran
infiltrados de ellos y los médicos eran actores para la campaña y que habían
montado toda una farsa para aprovechar la situación y justificar…
¡Ernesto! Lina entró con Martínez por uno de los
huecos y le hizo señas. Intenté levantarme y Lina se acercó y me puso la mano
en el pecho. Usté no. Usté se queda acá. Negué. Lina me sacó la mano. Me
incorporé y me miró fijo a los ojos. No sabe lo que hace. Y se dio media
vuelta y salimos todos por el hueco en la pared detrás de ella. El túnel daba
algunas vueltas y conectaba con otros pasillos desde los que venían gritos y
gemidos. Avanzamos esquivando médicos que iban y venían hasta una abertura
disimulada con una manta y salimos a una parte elevada del parque.
Al principio me pareció ver un río de sombras que caminaban
hacia el hospital a paso lento y con las cabezas en alto. Un disparo a lo lejos
las devolvió al caos de personas que avanzaban con palos, piedras, armas
caseras en las manos y gritaban y agitaban los brazos. Lina nos indicó una
esquina del parque y la seguimos. La gente por momentos corría, por momentos
caminaba. El ruido era ensordecedor y por un instante el silencio me asfixiaba.
Ernesto me tomó del brazo y tironeó para apurar el paso.
Llegamos a una parte del parque en la que las vallas estaban
caídas y un grupo de médicos con molotovs y escudos improvisados hacían
retroceder a los gendarmes que disparaban y se dispersaban y se reagrupaban más
lejos. Los médicos avanzaron hacia uno de los ingresos del hospital y corrimos
tras ellos. Un grupo de personas formaba un cordón que nos protegía la espalda
y cubría los alrededores del acceso y así entramos al hospital. Martínez
apareció entre la gente y se acercó a Lina. Le mostró una pantalla y señaló en
lo que parecía un mapa del hospital. Ernesto me hizo señas para avanzar.
Caminamos por un pasillo largo y vacío. A los costados se
abrían otros pasillos y los que iban adelante se aseguraban de que no hubiera
nadie antes de avanzar. Llegamos a un salón oscuro y en una esquina se veía en
penumbras el cartel de neonatología. Nos acercamos y Lina avanzó hasta la
puerta entreabierta de la que salía un humo negro. No están.
Se escucharon disparos y un grupo de personas corrieron por
el pasillo del fondo. Corrimos hacia ellos y de las paredes chorreaba fuego,
pero nadie parecía prestarle atención y Ernesto me hacía señas para que me
apurara. Escuché gritos a nuestras espaldas y vi cómo un malón de gente o de
sombras avanzaba por los pasillos laterales y se incorporaba a nuestra corrida.
Al final del pasillo los vimos. Un grupo de gendarmes cubría
a la presidenta y al gobernador y se los llevaban desde la puerta de ingreso
del hospital hasta unos vehículos que estaban protegidos en la calle. Cerca de
la puerta, otro grupo retrocedía despacio apuntando con sus armas a algo que no
llegaba a ver por las columnas de la entrada. Un grupo de médicos apareció por
el costado y lanzaron molotovs contra los gendarmes que se replegaron. Corrimos
hasta la puerta, pero estaba bloqueada.
Ahí la vi. En la explanada de ingreso, Lila avanzaba a paso
lento con las manos en alto y el fuego de las molotovs creció y largó un humo
negro, espeso. Los gendarmes se reagruparon y empezaron a disparar a los
médicos y sus armas ardieron en llamas y las soltaron. Lila gritó con los
brazos hacia el cielo y el fuego creció y tomó la calle y se extendió y los
médicos y los gendarmes retrocedieron. Lina intentaba abrir la puerta a los
golpes, Ernesto y Martínez miraban atónitos. Afuera la gente se agrupaba alrededor
del fuego, algunos filmaban a Lila, otros lanzaban palos y gomas que avivaban las
llamas.
Sombras. Sombras alrededor del fuego. Sombras bailando,
sombras gritando al cielo. Y Lila. Lila con los ojos negros y los ojos fuego.
Lila caminando hacia el centro de la calle como un lago en llamas y de un lado
los gendarmes y del otro los médicos y el resto de las personas, inmóviles.
Lina golpeó la puerta y se abrió y salimos.
¡Hija! Lila atravesó el fuego y caminó hacia
el centro y el fuego creció, creció y ella rodeada de llamas con las manos en
alto lloraba y reía y gritaba y el humo negro subía y ella giraba en círculos y
quise atravesar el fuego y no pude y Lila dejó de girar y me miró a los ojos y
me sonrió y cerró los ojos y las llamas la devoraron, la volvieron humo frente
a mis ojos y los ojos de todos los que estábamos ahí y el humo subió y se hizo
espeso y se vieron destellos primero y rayos después. Y empezó a llover.
Llovió durante días sin parar y tuvieron que evacuar la
zona. Nadie pudo explicar lo que pasó esa noche, pero los videos que habían
tomado se viralizaron y se convirtió en un escándalo internacional y al poco
tiempo la presidenta presentó la renuncia. El hospital volvió a manos de los
médicos e hicieron una escultura de Lila en la entrada. Al día de hoy la gente
viaja de lejos para prenderle velas y una vez al año hacen procesiones en las
que encienden grandes fogatas y queman muñecos enormes y bailan alrededor.
Cuando apenas volví a casa no supe qué decirle a Carmen y ella me dijo que ya sabía todo. ¿Cómo? Lila me contó. ¿Lila? Carmen asintió. En sueños. Después vinieron policías, abogados, médicos, psicólogos, sociólogos y nosecuantosmás y a todos respondimos sus preguntas y les contamos todo. O casi todo. Porque a veces, y esto es nuestro secreto con Carmen, cuando nos quedamos hasta tarde hablando de Lila y nos vamos a dormir juntos, ella aparece en sueños y nos enseña a respirar abajo del agua, a volar, y a atravesar el fuego sin quemarnos.
Este texto es liberado para su circulación en el contexto de ajuste generalizado del gobierno de Javier Milei, en solidaridad con la lucha del Hospital Garrahan y todo el sistema de salud gratuito y de calidad que supimos construir.
El presente cuento fue publicado en 2018 como parte del libro de relatos y poesía Hasta que la muerte nos libere, y fue escrito en el contexto de ataque a la salud del gobierno de Mauricio Macri.
Ojalá estos futuros nunca nos alcancen.